Paisajismo en forma de modernidad

MARIA LLUÏSA BORRÁS
Nunca me había parecido el espacio del Centre Cirici tan amplio como sirviendo de marco a estas pinturas. Por una vez el pintor prefirió mostrar pocas de sus obras para permitir que pudieran verse con la distancia que los grandes formatos exigen. Guerrero es realmente un caso atípico. Es un pintor que trabaja enormemente, pero él no expone apenas en Barcelona (creo que la última vez que lo hizo fue hace más de diez años en la galería Lleonart). No tiene, por supuesto, galería ni marchante pero no ha carecido nunca de compradores, de coleccionistas dispuestos a adquirir su obra. Ni tampoco de galerías en el extranjero que solicitasen exponer su pintura. Por tales motivos, extraartísticos, ya sería ésta una exposición fuera de lo común. Pero lo es mayormente por la calidad extraordinaria de las obras que se exhiben. En cierto modo, el pintor, que es un hombre extremadamente cultivado, viene a proseguir en forma de modernidad la tradición de los grandes pintores de paisaje. Así, su vibrante y pletórica composición titulada “Lirios” (235 x 195) evoca de algún modo aquellos otros “Lirios” que Monet pintó en Giverny y que precisamente muestra en estos días la Fundación March en Madrid. Sus colores son sensuales y de un vigor incomparable, que recuerdan si acaso los del Joaquim Mir de la mejor época. Guerrero Medina no sólo se vale del color para conseguir dar esa prodigiosa sensación de vida al paisaje, sino que logra someterlo al ritmo ya la energía de su sabia pincelada, aprendiendo del gestualismo y la “action painting”. Los dípticos o trípticos de cinco y seis metros (separados en dos o tres cuadros con marco independiente, quizá debido a las exiguas medidas Sus colores son sensuales y de un vigor incomparable, y recuerdan los del Joaquim Mir de la mejor época del estudio en donde trabaja) que dedicó en 1990 a las cúatro estaciones del año (“Otoño” y “Primavera”, ambos trípticos de 230 x 570; más los dípticos “Invierno” y “Verano”, ambos de 190 x 460), me parecieron, cuando los vi recién terminados en el Empordá, tan espontáneos e inspirados, rebasado el marco en un estallido supremo de libertad, sencillamente insuperables, y dudé por un momento de que aquel ciclo tan rotundo pudiera tener alguna continuidad. A la vista de las obras que ahora expone en Barcelona ya no pueden caber dudas. Las telas dedicadas a las estaciones hallan una continuidad feliz en otras en gamas de color más matizadas y complejas, que contraponen la pincelada leve a la matérica, como son las inspiradas en el “Es-tanque de Banyoles” o en la “Primavera”, una rosada, otra blanquecina y otra aún con destellos de un dorado viejo. Los dibujos en lápiz y acuarelas sobre papel de arroz reentelado con temas invernales le per miten profundizar sobre inéditas visiones del clima gris invernal, así como de las lluvias y los reflejos acuáticos en balsas y estanques. Que un pintor de una trayectoria tan inquieta como la de Guerrero Medina abra la última década de siglo con esta explosión tan libre y espontánea de pintura permite sin lugar a dudas abrigar esperanzas de que tampoco en los noventa, vamos a ver ese final preconizado desde la Primera Guerra Mundial, que ponga punto definitivo al arte de la pintura.
Martes, 19 noviembre 1991, La Vanguardia

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